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Un combate que dura ya 33 años

POR FERRÁN VILADEVALL

Hacía calor, casi 40 grados. El boxeador Joe Frazier estaba medio ciego de un ojo por unas cataratas, y el otro lo tenía hinchado y lleno de sangre por los golpes recibidos. Ante él, la sombra fugaz del corpulento Muhammad Ali le atenazaba con golpes que matarían a cualquier otro mortal.

Era el asalto 14 de los 15 programados y los guantes de Ali caían sin aviso. No podía verlos. Un gancho de izquierda hizo perder el protector bucal a Frazier y su sangre salpicó a las primeras filas de espectadores. Sin embargo, Frazier seguía devolviendo el ataque con rabia y acierto. Tanto que el propio Ali, considerado por muchos como el mejor boxeador de todos los tiempos, definió años más tarde esa pelea como «la experiencia más cercana a la muerte que había experimentado».

Se habían dado tal paliza que era difícil saber quién caería primero. De todas maneras, con Frazier técnicamente ciego, el combate ya no era justo. Desde la esquina, el equipo de Frazier se dio cuenta de que su pupilo no estaba en condiciones de seguir. Eddie Futch, el entrenador así se lo comunicó. «Joe, voy a detenerlo», le dijo. Sin levantar la mirada, el boxeador protestó: «Pero jefe, le quiero ganar». Una muestra innegable de determinación y dureza. «Siéntate hijo», siguió Futch. «Nadie olvidará jamás lo que hiciste hoy aquí».

Y así fue. Ali el primero. Nada más ver que su oponente arrojaba la toalla, levantó el brazo y cayó redondo al suelo. Era el primero de octubre de 1975 en Quezon City, en la Filipinas del dictador Ferdinand Marcos, que buscaba distraer al país y al mundo del descontento social que reinaba en su archipiélago. Ambos pesos pesados se enfrentaban por tercera y última vez en lo que se ha conocido como The thrilla in Manila (el thriller de Manila) por lo que había en juego. No sólo el cetro mundial, sino el prevalecer victorioso en un rifi-rafe personal que aún hoy perdura. Ali ganó. Sin embargo, expertos del boxeo coinciden en que Ali llegó a su máximo nivel gracias al empuje, la fuerza y la agresividad de Frazier. Un toro que no necesitaba capote para embestir.

Con todo, Frazier no entiende por qué la gente considera el combate como el arquetipo de la lucha en el cuadrilátero: «La mejor pelea fue la del año 71, cuando ninguno de los dos había perdido ningún combate todavía», recuerda en un reciente documental estrenado por el canal de cable HBO en el que se analiza el impacto del combate. «Había más dinero, más gente. No entiendo por qué insisten en convertir esa (tercera) pelea entre nosotros como la mejor».

Con razón. Cuatro años antes de la masacre de Manila, Frazier hizo morder la lona a su enemigo. Fue en el Madison Square Garden de Nueva York. Primera derrota del invencible Ali que elevó a Smokin’ Joe a lo más alto del podio como nuevo campeón del mundo de los pesos pesados.

«PRIMATE, ESCLAVO»

El documental juega con la revisión del enfrentamiento en Manila. Sientan a Frazier delante de un monitor para que reviva las emociones del combate más de 35 años después. Un tormento. Más por las provocaciones de Ali, con sus comentarios arrogantes e incisivos, que por la pelea. Ali le llamó feo, gorila y tío Tom. Quería dinamitar su autoestima etiquetándole de primate y esclavo. Pero Frazier no se dejaba amilanar.

Como cristiano, además, ha esperado todos estos años que fueran los poderes superiores los que ajusticiaran al bocazas. El destino ha querido que así sea. Hoy día, Ali sufre de un Parkinson agresivo que le impide hablar, mientras que Frazier, a sus 65 años, todavía conserva sus funciones motoras bajo control. Eso sí, arruinado y con unos ingresos modestos: regenta un gimnasio en su Filadelfia natal.

«No creo que fuera mi culpa», analiza Frazier sobre el descalabro de salud de su oponente. «Es Dios quien le ha juzgado. Quizás tuviera algo que ver, en eso estoy de acuerdo, pero los de aquí no tenemos el poder de juzgar».

Con todo, es fácil asumir que los golpes de Frazier -y su gancho de izquierda- fueran los mayores castigos que recibió Ali en sus dos décadas como boxeador, y se sospecha que pudieron ser parte importante del colapso neurológico posterior del púgil. Según Frazier, sus golpes dañaron gravemente los riñones y el hígado de Ali, además de la cabeza. Unos golpes que, según Larry Holmes, otro peso pesado con solera, son «como una descarga eléctrica». De la potencia de golpe de Ali, en cambio, dice: «Está sobrevalorada».

Independientemente de la fuerza de sus puños, lo que une a Frazier y Ali es el odio. Sobre todo por parte de Frazier. Con los años, Ali superó la envidia y la humillación de la primera derrota de su carrera, ante Frazier, el 8 de marzo de 1971.

Ali elevó una disculpa a través del Washington Post. Frazier la desestimó por no haber sido dirigida a él personalmente. Otra disculpa fue a través de su hijo Marvis Frazier, poco después del combate, y la última hace unos cuatro años. No han servido para nada. El dolor emocional infligido a Frazier ha sido grave. Tanto que, en 1996, cuando Ali prendió el pebetero olímpico en Atlanta, Frazier reconoció que le hubiera gustado «empujarle para que cayera dentro».

«Aunque perdió dos de las tres peleas, parece que no entiende que le ennoblecieron tanto como a Ali», escribió el pulitzer David Halberstam. «La única razón por la que conocemos el alcance de Ali, es por la equivalente grandeza de Frazier».

La polémica sigue viva. Acaba de aparecer en España En la cima del mundo (451 Ed), obra del fallecido Norman Mailer que rescata la leyenda.

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Ali contra Frazier

– Ambos fueron campeones del mundo de los pesos pesados. Su más famoso combate, de los tres que tuvieron, fue el tercero, en 1975. Ali ganó por segunda vez.

– Ambos viven. Ali padece Parkinson.

Mailer. Se edita en España la obra de Norman Mailer sobre Ali y la cadena HBO estrena documental sobre su rivalidad.

FUENTE EL MUNDO.ES

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